Cuaderno Đ Madrona    

   

   

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Torres de comunicaciones

El primer pensamiento que surge cuando se contempla las dos torres en perspectiva, o en el mismo encuadre, es una pregunta: ¿competencia desleal?

Creo que no.

No compiten; no se disputan nada. Cada una de ellas tiene su propio ámbito: el de la más antigua está bien delimitado; es de alcance local, de comunicación reducida, elemental, lógica, pública; de sencillez y efectividad máximas. Su alcance abarca unos centenares de metros… y otros tantos de personas.

La moderna compite (se disputa con otras similares la captación de clientes) en amplias zonas de los cinco continentes. Comparte con aquella la utilización del espacio aéreo, pero ésta lo sobrepasa para conectar con satélites de los que se vale para impulsar flujos de señales microscópicas, secretas, imperceptibles para los sentidos del ser humano. Su ámbito es planetario. Sus destinatarios, cualesquier habitante del planeta Tierra.

Ambas son torres de comunicación.

Una es pétrea y está edificada; la otra metálica, de múltiples aleaciones, y está montada e instalada. La pétrea se mantiene incólume desde hace 10 siglos y para su construcción se necesitó más de un lustro. La metálica es muy joven, tiene apenas unos 10 años y se levantó en apenas dos semanas. La pétrea contiene en su parte superior un campanario con cuatro campanas, también seculares, de diferentes tamaños, registros y potencias. Para que emitan sonidos acompasados se manejan con una habilidad que no requiere ninguna preparación especial ni técnica. Producen sonido por percusión, y se transmite a través de la atmósfera hasta los oídos de las personas situadas en su alcance acústico. Éstas lo escuchan sin ningún tipo de intermediación e interpretan en ese mismo momento las señales que oyen.

Es un mismo mensaje para toda una colectividad. Los escuchantes saben interpretar (decodificar), sin ayuda ninguna, porque lo aprendieron desde la infancia, los mensajes que anuncia cada toque y cada campana: bodas, bautizos, defunciones, vísperas, fiestas, clamor, horas de reloj, incendios, tormentas, oficios religiosos… y actividades colectivas de la vecindad, como la de echar a pacer el día 1 de cada mes de mayo. Estos sonidos, además de informar, anuncian, llaman, convocan, avisan… con un mismo mensaje para toda una colectividad. Otro ejemplo: si tocan a rebato, cada vecino sabe que debe acudir raudo para ayudar a sofocar un incendio.

Sus mensajes funcionan en un único sentido: emisor-medio (atmósfera)-receptor. En consecuencia, el receptor no puede comunicarse con el emisor, a no ser que lo haga desde otro campanario con capacidad bastante para hacer llegar los sonidos a su vecino. Cosa poco frecuente, porque los sonidos se expanden hasta una distancia limitada a unos pocos cientos de metros, según cada campana y cada torre.

La torre metálica es tan compleja en su interior como en la diversidad y cantidad de contenidos que transmite. Necesita corriente eléctrica permanente para alimentar las placas de silicio repletas de procesadores y otros componentes informáticos y electrónicos. También necesita corriente eléctrica para impulsar desde sus antenas las ondas que transportan los contenidos. Emplea una tecnología tan avanzada que sólo pueden manejarla los especialistas. Sin embargo, se gobierna a distancia. No necesitan la presencia de ningún sacristán o campanero para cambiar según que parámetros o supervisar su normalidad. No se puede visitar ni conocer su interior. Tampoco tiene algún elemento que nos recuerde a un campanario, si bien, a modo de un campanario inverso, tiene pegado a su base una especie de armario, podría ser un transformador, que nos imaginamos repleto de electrónica.

Emite infinidad de mensajes intangibles, invisibles, inaudibles e indetectables por las personas…; son particularizados e inidentificables. Son secretos. Sólo los puede recibir otra unidad electrónica compatible, con el mismo grado de complejidad, que a su vez los descodifica, los interpreta y convierte en inteligibles para que su cliente los pueda ver, u oir. Por tanto, a cada receptor no le basta con sus oídos, sino que debe disponer de un artefacto dotado de la tecnología necesaria, modernizada y potente, para acceder a la información. Son mensajes de máquina a máquina. Estos artefactos son muy diversos: estaciones receptoras, antenas… y, sobre todo, los teléfonos móviles que todos manejamos, convertidos ya en miniordenadores. Pero son caros y se quedan fuera de juego antes de los dos años, por obsolescencia, por lo que hay que sustituirlos. Su uso y cada cambio suponen desembolsos altos, pero esto es algo que cualquier ciudadano de la sociedad actual tiene asumido con tal alegría y predisposición que exceden el margen de la racionalidad y la sensatez.

En el otro extremo, cada abonado con uno de estos artefactos tiene acceso a un universo paralelo, intangible, inabarcable e infinito en cuanto a contenidos de cualquier materia y, a su vez, puede comunicarse con otros miles, o millones, de aparatos de todo el planeta Tierra en tiempo real, sin esperas, porque es una comunicación que funciona en ambos sentidos, propagada a través de satélites artificiales en suspensión que circunnavegan permanentemente por la órbita del antedicho planeta.

Y todo ello a tiempo completo, sin un segundo de tregua ni descanso.

En cuanto a la torre de comunicaciones pétrea, que por lo general descansa durante toda la noche y muchas horas del día, no ha perdido vigencia ni efectividad, porque aquellos fines que justificaron su construcción se mantienen; no están sujetos a los cambios de ninguna tecnología y no necesitan tampoco de energías y sistemas externos. Por tanto su eficiencia se ha mantenido intacta durante estos mil años sin otro mantenimiento que el cambio, por desgaste natural, de las sogas empleadas para voltear las campanas. Reemplazo que da para decenas de años. En este sentido se podría decir que pertenece al mundo ideado por Parménides, filósofo griego complementario de Heráclito.

Como se aprecia e las imágenes, está desde su origen armónicamente integrada en el caserío que la rodea y acoge.

Sin embargo, la torre metálica está excluida del entorno de la vecindad; aislada y distante. No armoniza con nada y, a primera vista, resalta como un estrambote que quiebra la armonía natural del paisaje. Como una presencia a la que nadie ha invitado. En ella las transformaciones son vertiginosas y el cambio incesante, y hasta abrumador, constituye su esencia, como en el mundo concebido por el filósofo griego Heráclito. Cambios de materiales, de componentes, de sistemas, de programas, de codificaciones… casi a diario.

Tal vez debido a su frenética actividad, cae sobre este tipo de torres un firme rechazo por parte de personas y colectivos, porque atribuyen a sus ondas y a sus campos electromagnéticos radiaciones que, si alcanzan a las personas, les producen enfermedades como el cáncer. Sobre este particular existe mucha información y debates diarios en los medios.

Otra diferencia sustancial entre ambas, es la de su propiedad. La de piedra caliza pertenece a una colectividad de personas unidas por la misma creencia religiosa y por su relación de vecindad. Ninguno de sus miembros puede por sí mismo alterar nada que concierna a dicha torre. Ni de contenidos ni de continente.

La planetaria es propiedad de una o varias empresas privadas. Éstas deciden sobre su existencia y su actividad en virtud de criterios contrapuestos a los que gobiernan la torre pétrea.

Se trata de criterios incompatibles.

La actividad de la torre pétrea no depende, ni se justifica por la obtención de beneficios en dinero. No obliga a ninguna suscripción o pago, si bien los vecinos contribuyen, de forma voluntaria y anónima, al sostenimiento del edificio que la alberga.

Para la torre metálica el beneficio y lucro de sus propietarios son los fines que justifican su existencia, si bien sus dueños empresarios lo disfrazan mediante una entelequia para hacer creer que son un servicio público. Todo es servicio público. Cualquier trabajo adquiere siempre una dimensión que transciende al individuo que lo ejecuta. Un servicio público entendido en sentido riguroso es aquel que debe prestarse, y se presta, a la ciudadanía en general, siempre en las mismas condiciones de acceso, sin intervención del criterio coste-beneficio y del poder adquisitivo de quienes lo necesitan, condiciones que una empresa privada no asumiría nunca.

La relación de la torre pétrea con sus receptores, vecinos o feligreses, no es en ningún caso la de proveedor-cliente. La relativa a la metálica sí. Es su única relación.

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La torre pétrea de la imagen recibió una descarga eléctrica de gran potencia, creo que en el S.XIX. Descalabró gran parte de su ángulo Norte. Sin embargo, a pesar de que cada uno de los cuatro ángulos es la parte más vital para mantener su verticalidad e integridad, la torre en su conjunto no se inmutó. Se deduce la potencia del rayo por la magnitud de la reparación que hoy podemos contemplar.

La torre metálica es tan reciente que aún no ha tenido tiempo para experimentar su resistencia a este tipo de fenómenos atmosféricos, por lo que no caben demasiadas conjeturas; si bien es fácil suponer que una descarga eléctrica como la de un rayo, la colapsaría por ignición y chamusque de todos sus componentes y, entre otras consecuencias, sumiría a los clientes en la angustia causada por una situación de incomunicación con la que no se cuenta y para la que no se les ha preparado.

Un somero análisis de las servidumbres de la torre pétrea respecto a las de la metálica nos ofrece una relación de 10 a infinito, por lo cual es fácil deducir que la torre metálica, que asimismo se mueve dentro del concepto de infinitud (de clientes, de contenidos, de emisiones, de tránsito, de procesadores, de relaciones de todo tipo…) se mantiene muy condicionada por su infinita complejidad, la cual constituye su talón de Aquiles.

Dentro de otros diez siglos me gustaría saber la evolución de ambas. A ver si con mucha suerte y mayor optimismo, alguien que pueda leer esto, es capaz de emitir desde alguna torre, ya sea metálica o pétrea, una información entendible sin móvil ni artefactos interpuestos, que llegue a quienes nos marchamos unos mil años antes, aprox.

Las señales sonoras que emite la torre pétrea no sabemos hasta dónde alcanzan, si bien nos gusta suponer que sobrepasan planetas, sistemas solares y hasta galaxias, para hacer llegar hasta un destinatario único y común los anhelos de quienes las impulsan con la fuerza de su fe.

Texto y fotos: Fernando Ayuso Cañas. Septiembre 2021

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